Miguel Ángel obtuvo lo más sublime para un artista, más que el mejor premio y reconocimiento; quedar total y absolutamente conforme con su obra.

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Tal es así que en 1515, cuando culmina con el Moisés, luego de un largo rato de examinarlo le exige al mismo que muestre algún rasgo de vida, algún signo humano... Parla porco parla. Frente a la desovediencia de su obra decide inconcientemente arrojarle la masa con la que acababa de esculpirlo.

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Quien tomara tan sólo unos merecidos minutos a analizar el Moisés de Miguel Ángel comprenderá que no era una verdadera locura que su artista pidiera a la obra hablara.

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